Se habla de la alt-right como de un fenómeno en declive, sufriendo ya los últimos estertores antes de desaparecer. Se dice que la fiesta se acabó porque tras la victoria (de Trump) llegará el fracaso de su mandato y al final todo tendrá que volver a la normalidad. Se suele comentar también que la alt-right es flor de un día o, como mucho, un fenómeno exclusivamente estadounidense formado por esa muchachada incel que se pasa las horas conectada a internet.
Nada de todo ello es cierto.
Aunque parezca todo lo contrario, esto no ha hecho más que empezar.
Un enemigo en común, una etiqueta.
Richard Spencer, presidente del NPI, inventó el término “alt-right” en 2011. Su web altright.com se convirtió en un espacio para el pensamiento supremacista pero no tuvo mayor relevancia hasta que llegó la campaña de Trump y, en concreto, el discurso de Hillary Clinton, en agosto de 2016. Clinton, en un torpe movimiento estratégico, denunció la existencia de la alt-right y los declaró enemigo del bien común. Ese discursó colocó a la alt-right directamente en el mainstream y los convirtió en el meme definitivo. La alt-right se convirtió de facto en un movimiento político y cultural.

Hubo un momento en el que todo conservador que apoyaba a Trump quería formar parte de la alt-right. Incluso Bannon, que ahora reniega de dicho movimiento, llegó a decir que Breitbart News era una plataforma para la alt-right. La alt-right era edgy, era cool. Las redes, las televisiones, las calles, se inundaron con millones de memes y mensajes perturbadores: la famosa rana Pepe enviando a la cámara de gas a personajes mediáticos, los free helicopter rides, en referencia a los métodos de ejecución practicados por las dictaduras en latinoamérica, etc. Charlas incendiarias en las universidades de todo el país, vídeos anti-feministas, racistas, antiSJW, inundando las redes.
Las multitudes que habían descubierto las bondades del hacktivismo gracias al Gamergate, un movimiento reactivo de corte misógino, vieron en la campaña de Trump una extensión de su lucha; esto es, la lucha contra el feminismo, los social justice warriors y la progresía en general. Lo mismo pasó con el sector libertario y paleoconservador, con muchos de sus intelectuales y figuras mediáticas como, por ejemplo, Gavin McInnes, uno de los fundadores de Vice Magazine.

La coyuntura propició que la alt-right ejerciera de aglutinador del sector más reaccionario y acabó catalizando las guerras culturales. La alt-right les enseñó, en definitiva, que juntos eran más fuertes.
Los componentes
“En este momento está ocurriendo una división. Y solo habrá dos lados. O estás con los SJWs o estás con los fascistas”.
Andrew Anglin, fundador del Daily Stormer y Master of Trolls.
En la alt-right conviven geeks preocupados por la supuesta deriva PC de sus comics, películas y videojuegos, trolls del inframundo de 4chan, intelectuales y algunos neo-reaccionarios, paleoconservadores, libertarios y “anarquistas de extrema derecha” (sic), masculinistas y pick up artists, youtubers mediáticos, supremacistas blancos de toda índole (desde el KKK hasta los clásicos skinheads), etc.

Todos comparten un enemigo en común. Y, por proxy, han acabo también compartiendo agenda y teorías conspirativas, como la del “marxismo cultural”. Para muchos, el Gamergate fue la puerta de entrada a la militancia fascista. Para otros tantos, sus vídeos en YouTube sobre escepticismo y ateísmo fueron el lógico precedente a su actual interés por el “race realism” y la eugenesia. InfoWars y los canales conspiranoides, por otra parte, abrieron las puertas a los teóricos del antisemitismo.

En The Lost Boys, Angela Nagle recoge el caso de Roosh V., un masculinista que hizo de la misogínia su producto más rentable, y que, con el tiempo, fue extremando sus posiciones:
Con el tiempo, esta “manosfera” de internet abarcaría un antifeminismo cada vez más duro, que comenzó a oscurecerse en críticas más amplias hacia un orden social deshilachado. Daryush Valizadeh, conocido como “Roosh V”, inició su carrera de escritor con la serie de libros Bang, muchos de los cuales son esencialmente guías de viaje para pick up artists. Su sitio, Return of Kings, se dedicó al principio a la misoginia cruda y al pick up. Pero para el año 2015, estaba yendo más lejos en su búsqueda de la fuente del dolor masculino, escribiendo piezas como “Los efectos dañinos del intelectualismo y el activismo judíos en la cultura occidental”, una revisión positiva de un texto de conspiración antisemita popular entre los alt-right.

Mucho más allá de Trump
La alt-right es un movimiento cultural que va mucho más allá de Trump. Es una cruzada contra lo “políticamente correcto”, una cruzada contra el feminismo y los SJW, una cruzada contra la izquierda, una cruzada contra la diversidad.
En su última aparición pública, Anglin afirma:
“el objetivo de este movimiento es inyectar nuestras ideas en la sociedad, normalizar la agenda de la extrema derecha. Debemos actuar en el campo cultural, no somos una fuerza de combate callejero.”
Cuando Trump haya desaparecido, los masculinistas, los racistas y los reaccionarios seguirán estando ahí, inyectando su veneno en el mainstream. La diferencia es que ahora saben cómo organizarse mucho mejor que antes y que disponen de un inagotable catálogo de dispositivos culturales. No debemos olvidar que, una buena parte de ellos son los originadores de la cultura de internet tal y como la conocemos, los inventores del meme.
Tras los sucesos de Charlottesville muchos se quisieron dar de baja del movimiento, pero pocos de ellos cesaron sus actividades de proselitismo ultra. Como ha dicho Sargon of Akkad recientemente:
“¿Creen que la guerra contra los SJW se ha acabado? En realidad, el Gamergate nunca acabó.”
El panorama español
A España, como a otros países, han llegado tímidos coletazos del movimiento. No podemos decir que la alt-right sea un movimiento como tal en España. Sin embargo, sus ideas, sus contenidos, sus memes, hace tiempo que circulan por aquí.
Siempre con el ojo al otro lado del Atlántico, los reaccionarios españoles están intentando copiar la fórmula de éxito de la alt-right. Hay gente que intenta generar memes de Pepe para promocionar a Santiago Abascal (cuyo partido cuenta con Steve Bannon como asesor) o a Dalas. También hay una edición en español de la web más significativa de la alt-right, el Daily Stormer. Están apareciendo youtubers con cada vez mayor repercusión, como “Un tío Blanco Hetero”, que copia la fórmula de los americanos y traduce, casi literalmente, el argumentario de Jordan Peterson, otro de los gurús de cierto sector de la alt-right.

También tenemos a cierto sector intelectual (sobre todo en torno a medios como El Confidencial, Disidentia o JotDown) que reproduce las mismas ideas que Ben Shapiro o Milo Yiannopoulos o que promociona a autores supremacistas como Jim Goad. Poco importa que algunos de ellos se declaren marxistas porque también han declarado la guerra, al igual que los modernonios y los mongolios, a la “corrección política”, ese concepto comodín inventado por los conservadores americanos.
Mientras tanto, una buena parte de la izquierda piensa que conceptos como “ideología de género” o “marxismo cultural” son demasiado marginales como para que se introduzcan en el imaginario popular. Craso error: nuestros jóvenes ya están aprehendiendo el discurso de gente como Ben Shapiro, Jordan Peterson, Milo Yiannopoulos y otros tantos agentes de la desinformación. En las redes se pueden encontrar cientos y cientos de sus vídeos, traducidos y adaptados al público español.
El escenario está cada vez más polarizado y no parece que vaya a haber vuelta atrás porque, ya se sabe, rectificar no es de omvres.